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Latino Politics in the U.S.

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Kendall-Hunt, 2012 (2005)

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Sunday, January 3, 2010

¿Que hacemos ahora? Puerto Rico Frente al Renovado Imperio Norteamericano

¿Que hacemos ahora? Puerto Rico Frente al Renovado Imperio Norteamericano

Victor M. Rodríguez Domínguez
Catedrático, Departamento de Estudios Chicanos y Latinos, Universidad Estatal de California, Long Beach

Retando la Falsa Dicotomía, Falsa Conciencia sobre Raza y Clase

Publicado en Claridad 11/13/2008

Decía Marx citando a Hegel, que la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa.

Lamentablemente, en la historia reciente de los Estados Unidos, la historia se repite no como una farsa sino como una tragedia más profunda que la que se dio durante la década de los treinta. Y las soluciones, serán más difíciles en Puerto Rico y los Estados Unidos por la debilidad de los movimientos sociales y la incapacidad que tienen los esquemas teóricos de moda de revelarnos las causas reales de la crisis estructural que sufre el sistema económico norteamericano.

Lo irónico de todo lo que acontece en la metrópolis imperial es que el primer presidente de los Estados Unidos, Jorge Washington, en su discurso de despedida el 1796, le previno a su nación de las consecuencias económicas de tomar una ruta imperial. También les previno del peligro que iban a acarrear los Estados Unidos si no velaban por el crédito público. Las siguientes palabras en su discurso de despedida, describen bastante bien aspectos de la presente crisis financiera de los Estados Unidos:

“Como fuente muy importante de la fuerza y de la seguridad, aprecie el crédito público. Un método de preservarlo es utilizarlo tan escasamente como sea posible, evitando ocasiones donde se hagan gastos, cultivando la paz, pero recordando también que los desembolsos oportunos para prepararse para el peligro previenen con frecuencia desembolsos mucho mayores para rechazarlo, evitando además la acumulación de la deuda, no sólo evitando ocasiones de gastos, pero por el esfuerzo vigoroso en tiempo de paz pagando las deudas que las guerras inevitables pudieron haber ocasionado, sin lanzar sobre la posteridad la carga que nosotros debiéramos llevar.”

Pero estas palabras cayeron en oídos sordos y aunque no diagnostican en toda su complejidad la situación que enfrenta los Estados Unidos (y muy pronto Puerto Rico con mayor intensidad) si nos proveen un atisbo a través de cual leer la historia reciente de la economía política norteamericana. Una historia que podemos casi palpar en decisiones de la clase dominante norteamericana que pavimentaron el camino a esta crisis, que puede ser la peor crisis económica en los últimos 115 años.

En el 1893, los Estados Unidos sufrió una depresión que tuvo unos “aftershocks” que duraron hasta el 1897. Y aunque hemos tendido a comparar lo que sucede hoy día con la depresión del 1929, es probable que sea similar a la del 1893. La depresión del 1893 fue seguida por una recesión en el 1895 y los Estados Unidos no se recuperaron hasta el 1897. El próximo año, comenzó la guerra hispanoamericana. El desempleo subió hasta el diez por ciento (un estimado que no es tan preciso como las medidas que utilizamos hoy día), la gran ola migratoria que había arropado a los Estados Unidos desde los 1880s con cerca de medio millón de inmigrantes anuales, bajó a 200,000, algo similar a lo que ocurre hoy día. Recientemente, la Fundación PEW en un estudio circulado el pasado Octubre, indicó que la inmigración indocumentada se había reducido de forma significativa desde el año pasado (2007) y que la tendencia decreciente se remontaba al 2005.

El periodo a final del siglo diecinueve fue también un momento de grandes explosiones sociales que estremecieron esa nación. Pero fue la guerra hispanoamericana la que abrió la nueva época imperialista que creó las condiciones para el momento que vive ese país hoy día. Y las decisiones hechas por la clase dominante norteamericana comenzando en la última década del siglo diecinueve se le unen las que ha tomado la clase dominante en siglo veinte y veintiuno.

Por ejemplo, los Estados Unidos, contrario a los principios democráticos que siempre ha enarbolado como bandera escogió ser un imperio cuando ignoró los principios democráticos contenidos en la Ordenanza del Noroeste de 1787. Esta ordenanza establecía que todos los territorios adquiridos por los Estados Unidos serían colocados en un proceso hacia su eventual admisión como estados. Elihu Root, el arquitecto de la estructura colonial, contrario a los expresado en esa ordenanza, escogió el modelo Británico, implícitamente reconociendo que los Estados Unidos entraba a una nueva etapa imperial. El edificio colonial que el construyó en las Filipinas y Puerto Rico meramente lo formalizó y lo hizo concreto. En el campo militar, la influencia de Alfred Thayer Mahan impulsó a los miembros de la clase dominante norteamericana a considerar la expansión imperial a través de una fuerza naval. Y lo demás, pues es la historia de intervención imperialista que hemos visto a través del siglo XX y XXI por parte de los Estados Unidos.

Irónicamente, también Jorge Washington predijo que el depender de unas fuerzas militares demasiado grandes resultaría en la pérdida de libertad.

“Por lo tanto, asimismo, evitarán la necesidad de esos establecimientos militares abultados, que, bajo cualquier forma de gobierno, son desfavorables a la libertad, y que deben ser mirados como particularmente hostiles a la libertad republicana.”

El recorte a las libertades individuales que han sufrido los norteamericanos a través de instrumentos legales tales como el Acta Patriota de 2001 y el poder imperial que se ha asignado el pasado presidente Bush, ha sido acompañado por la crisis económica más grande que ha sufrido ese país desde el siglo XIX. La deuda pública y privada de los Estados Unidos ha alcanzado niveles insospechables, extranjeros controlan más de la mitad de la deuda pública controlada por intereses privados. Este porciento aumento de 20 por ciento en el 1995 a 51 por ciento en el 2005. Y contrario a la depresión del 1893 y la depresión del 1929, no hay guerra que saque a flote la economía. Contrario a lo que algunos economistas tradicionales sustentan, aunque las medidas del nuevo trato que implementó Franklin Delano Roosevelt fueron importantes, no fue hasta que la guerra comenzó en el 1941 cuando el desempleo se redujo dramáticamente (14.6 en el 1940 a 9.9 en el 1941 y 4.7 por ciento en el 1942).

En ningún momento de esta campaña que ha electo al primer norteamericano de descendencia Africana a la presidencia de los EUA se mencionó la dramática crisis de desigualdad social que azota ese país. El comentario espontáneo del presidente electo Barack Obama sobre la necesidad de re-distribuir la riqueza, creó pavor en los sectores económicamente dominantes, sin embargo, no afectó la apabullante victoria electoral del senador del estado de Illinois. La razón es clara, la clase trabajadora norteamericana sufre en sus costillas el capitalismo salvaje y desesperadamente buscaba una salida a la situación de crisis. Lamentablemente, dada las condiciones de su elección, la debilidad de los movimientos sociales en los Estados Unidos y la profunda crisis estructural que confronta ese país, resulta difícil imaginar una salida que restaure a los Estados Unidos al liderato que ansían muchas personas dentro y fuera de los Estados Unidos. Las frases positivas, llenas de esperanza que vienen desde España, hasta los gobiernos de centro izquierda de Latino América y la República Bolivariana de Venezuela vislumbran una nueva antorcha de democracia. Como dijo un analista político recientemente, el imperialismo norteamericano lo que ha logrado es una fachada renovada con un poco de color. El imperialismo, no ha cambiado en su contenido. La falsa conciencia, que lleva a las grandes mayorías a contribuir con su propia opresión, encontró su cauce en los Estados Unidos y en Puerto Rico.

En la campaña eleccionaria en los Estados Unidos nunca se habló de la crisis que representa la dramática desigualdad económica que vive los Estados Unidos. Esta crisis es aun más grave que la del periodo previo a la depresión del 1929. En el 1928, el uno por ciento más rico de los Estados Unidos recibía el 23.9 por ciento de todos los ingresos generados en los Estados Unidos. Gracias a las medidas desarrolladas bajo el Nuevo Trato de Roosevelt y la expansión de las uniones obreras en los Estados Unidos, ese uno por ciento solo recibió 8.9 por ciento en el 1976. Luego de la crisis del petróleo en el 1973, la economía política de los Estados Unidos experimentó un cambio dramático. Las medidas a favor del gran capital bajo la revolución del presidente Ronald Reagan, incluyendo medidas anti-obreras que iniciaron la reducción en los porcentajes de los trabajadores que son miembros de uniones. En el 1953, el 32.5 por ciento eran miembros de uniones, en el 2007, solo un 12 por ciento. Las causas han sido en parte el ambiente anti-obrero que impera en los Estados Unidos y la sangría de empresas norteamericanas hacia países extranjeros buscando la mano de empleo barata. El resultado es que hoy día, la clase dominante norteamericana, ese uno por ciento más rico, recibe el 22.9 por ciento del ingreso generado en ese país. (Ver gráfica 1 que ilustra los cambios históricos en quien recibe el ingreso).

Es probable que dada la catástrofe causada por el desempleo, que hoy es de 6.5 por ciento y que se prevé pueda subir al 10 por ciento en los próximos seis meses, es posible que veamos un record en la desigualdad económica. No hay medida que pueda implementar el presidente electo Obama que pueda impactar la economía rápidamente. Pero peor aún será su impacto en las comunidades minoritarias, especialmente las comunidades latinas y afro-americanas. Un estudio reciente "State of the Dream 2008: Foreclosed" (“Estado del Sueño 2008: Desahuciado”) por Unidos por Una Economía Justa (United for a Fair Economy) indica que la crisis hipotecaria que afecta a millones de norteamericanos y que se espera arrecie el próximo año constituirá la mayor transferencia de riqueza de la clase trabajadora a la clase dominante en la historia del país. A menos que no se implementen medidas dramáticas entre $164 y $213 billones pasarán de las manos de las minorías a los grupos dominantes. Esto, en vista de que la brecha entre las minorías y los blancos en términos de riqueza es hoy dramática, y que estos sectores apoyaron de forma apabullante su elección, esto representará un reto interesante para la administración del presidente electo Obama.

El hogar representa para la gran mayoría de los norteamericanos el activo más importante en término de sus recursos económico. El valor real de sus hogares es para muchos, especialmente los latinos y los afro-americanos la única riqueza con la que cuentan. Esta tabla del negociado del censo indica el valor de los activos de las minorías en comparación con los blancos norteamericanos.

Valor Neto ("Net Worth and the Value of Assets, 2002" Issued April 2008 by Census Bureau, Current Population Reports, Albert Gottschalck. )

(incluyo una grafica si creen que la pueden usar)


Blancos no-Latino $87.056

Afro-Americanos $5,446

Latinos $7,950

Asiáticos $$59,292


Y la crisis será peor si añadimos que el estudio "Inseguridad Económica: La Experiencia de las Clases Medias Afro-Americanos y Latinas” publicadas recientemente en Septiembre por el Instituto de Activos y Política Social de la Universidad de Brandeis, indicó que el 33 por ciento de la clase media Afro-Americana y el 41 por ciento de la clase media Latina están en riesgo de caer un peldaño más en la jerarquía económica.

Si miramos a una muestra de los nombramientos que el presidente electo Obama se apresta a considerar para su gabinete, Larry Summers, ex presidente de la Universidad de Harvard, (no cree en la habilidad de las mujeres en las ciencias y matemáticas), y Robert Rubin para secretarios del tesoro, Robert Gates ex director de la CIA para permanecer como secretario de la defensa, Fred Thompson o Rudolf Giuliani como procurador general de los Estados Unidos etc. Es una letanía que nos indica que el imperio seguirá a grandes rasgos con su política imperial. Los cambios serán cosméticos, y lamentablemente, el único movimiento social que hubiera podido exigir cierto apego a los principios progresistas es la organización “Cambio” que llego a aunar cinco millones de voluntarios para la campaña presidencial, hace unos días se anunció que dicha estructura se mudará a la capital lo que la convertirá en un instrumento de apoyo, no de presión sino de apoyo a la política de la nueva administración. La única esperanza que nos debe iluminar el camino a seguir es que no nos creamos que ha subido al poder otro imperialismo bobo, este nuevo y renovado imperialismo para resolver sus problemas necesitará apoyo popular. Y en estas elecciones, lo logró. Como decía la revolucionaria Emma Goldman, no te apenes, organiza.

When corruption is the norm 2/22/2007

Posted on 02/22/2007 Hispanic Vista 12:02 AM EST

When corruption is the norm

Víctor M. Rodriguez Domínguez

Dr. Rene Vazquez Botet, a respected, skillful Puerto Rican ophthalmologist, seemed awkward as he hid behind a young black prisoner. Mr. Vazquez Botet was making sure that press photographers could not get a good shot of his shiny new handcuffs. Ironically, the young black man smiled unabashedly toward the cameras while this former political campaign director of Puerto Rico’s former governor, Pedro Rosselló, did his best to hide behind the young man. His face seemed anguished as he and his convicted partner were led outside of the court room after being sentenced.

The irony of a wealthy, highly educated man hiding behind a poor convict may not have eluded the young man. He was walking down the same path of Vazquez Botet who had been one of Puerto Rico’s most powerful politicians, who now is facing five years in a federal penitentiary and three years of probation for, among other crimes, extortion. But he was not alone.
In addition to Mr. Vazquez Botet, who led the political campaign and fund-raising efforts for the Rosselló administration and who was accused of extorting millions of dollars from contractors to finance the New Progressive Party’s political campaign, Attorney Marcos Morell Corrada, secretary general of the New Progressive Party, which supports statehood for the island, was also convicted of extortion and other white collar crimes.

Both were accused of extorting close to $2.4 million which would be used to finance lobbying congress for statehood, the electoral process and other political projects of the New Progressive Party (PNP).

Their role in this process seems to have been part of a larger plan to provide the necessary funds to maintain the party in power and to advance the campaign for statehood. This pattern of corruption rose to the highest levels of the PNP administration.

In the last few years more than forty Puerto Rican politicians and public servants have been convicted of major acts of corruption including extortion, embezzlement and other white collar crimes. The majority of them belong to the New Progressive Party. Among these are the former secretary of education, the president of the local house of representatives, the main executive aide and the assistant chief of staff of former governor Pedro Rosselló (1993-2000), the executive director of the port’s authority, a few mayors all whom served during this regime, labeled by many as the most corrupt government in Puerto Rico’s political history.

After this period, Governor Sila Nazario de Ferrer named Attorney David Noriega, a legislator for the Pro-Independence Party who led anti-corruption investigations, as head of an independent ‘blue ribbon’ commission to investigate this pattern of corruption.

According to Mr. Noriega, “during this period (1993-2000) a systematic pattern and plan existed to pillage the public treasury from the highest spheres of government with profit and ideological objectives.”

Recently, a former secretary of health under former Governor Rosselló said he “he had to know” this pattern was taking place under his administration. Dr. Enrique Vazquez Quintana was asked to resign when he opposed the efforts to privative the health care system, a process where much corruption took place.

In the meantime, Puerto Rico suffers an economic recession, one of the highest public and private debt in the world and a murder rate that is higher than in any part of the United States. In the first 32 days of the year more than 62 persons have been murdered in this nation of four million inhabitants.

However, despite the fact that Dr. Vazquez Botet will be going to jail, he will most likely never have an encounter with the young black man who was also convicted of other crimes that day in the federal court. Class differences in Puerto Rico impinge on how the courts treat criminals, Vazquez Botet was able to meet his family without his handcuffs while the young convict was probably not granted that privilege. Also, contrary to the young black convict Mr. Vazquez Botet will be sent to a minimum prison in the South east, where the climate is similar to Puerto Rico and where the prison does not have fences and instead of cells they have dormitories. Very likely, Mr. Vazquez Botet will never find the young black man in the camp’s tennis court for doubles.
Victor Rodriguez Domínguez is a professor in the Department of Chicano and Latino Studies at California State University, Long Beach. He is presently on sabbatical in Puerto Rico.
© 2007 HispanicVista.com, Inc.

The Colonialist Party at the United Nations: Popular Democratic Party and Self-determination for Puerto Rico

The Colonialist Party at the United Nations: Popular Democratic Party and Self-determination for Puerto Rico

Victor M. Rodriguez

6 20 2009

If one looks at the pictures of Hector Ferrer at the UN one can notice that he is like “una cucaracha en un baile de gallinas,” his face reminds me of Bush’s demeanor when he was informed of the 9/11 attacks. The reason is that as president of the PDP, and frankly not a real “sovereigntist” (charicatures of pro-independence supporters) he felt obliged to attend the UN session since the PPD has began to do so in the past. His presentation was embarrassing and rightfully ignored. The PPD (commonwealthers) are in an ideological struggle between the orthodox colonialists (posibilistas) and those who want more sovereignty.

I would add that the reason the UN has not taken up the issue is that the colonial government of Puerto Rico has always practiced (whether statehooders or commonwealthers) the old Luis Muñoz Marin strategy of “posibilismo” (whatever is possible within the empire). Jose Trias Monge (one of the architects of the commonwealth fraud) and Cesar Ayala and Rafael Bernabe (PR in the American Century) explain how pro-independence/socialist like Muñoz became a “posibilista” abandoning the self-determination road.

I don’t think the GA will take up the issue directly but might be able to place more focus on monitoring the de-colonization process. The pro-statehood project that the non-voting delegate of Puerto Rico presented in congress H.R. 2499 (euphemistically called the Puerto Rico Democracy Act) will wither away since it is not the product of any consensus and the U.S. will have to revisit the issue. The reason: while the cold war is no longer around with the Evil Empire breathing fire under the dragon’s belly, for the first time Latin American countries are exercising a measure of independence that it has never before exercised. One of the ways they express it is by supporting Puerto Rico’s right to self-determination and independence. From lonely Cuba to most of LA governments now, either privately or publicly supports these new efforts. Also, the reality is that Puerto Rico is so “imbricated” economically with the US that it does not affect Latin American’s trade with the US if PR was free.

The US remains in Puerto Rico because in 2006, $33,300 billion dollars in profits were repatriated to US corporations. The irony is that it paid fewer taxes in 2006 for these repatriated profits $27 million compared to $111 in 2000.

Puerto Rico bought in 2006, $19,434 billion of goods from the US (50 per cent of its imports) and paid $2.4 billion to the US Merchant marine, thousands (some estimate in the hundreds of thousands) of US workers depend on the trade between Puerto Rico and the United States, which is forcibly done on the most expensive merchant marine in the world, the US merchant marine. Puerto Rico sustains 60 per cent of the US merchant marine; the ports of New Orleans and Jacksonville are dependent on PR’s trade.

However, Obama has shown some sense of concern with US global image so, who knows, he might truly follow through on his May 26 words to a local newspaper (Nuevo Dia) “That is a very important reason why the status issue must be resolved. And I want to work with leaders from both sides and with the Congress to commence a process of self determination.”

I know many people say that people in Puerto Rico don’t vote for independence, the reality is that in the 1930-50s pro-independence sentiment was majority until repression, welfare transfers, emigration (more large support in the US) ideological persuasion (in the Gramscian hegemonic fashion) pushed the sentiment underground. But if a clear, transparent path to self determination is offered through negotiation, with the funds needed for the transition (as has been done elsewhere) Puerto Ricans will likely choose free association or independence. The US will never grant statehood to PR.

What’s in it for the US? Already 345,000 people voted against the colony by immigrating to the US. The economic model is bankrupt since mid 1970s, neo-liberal policies will further send more Boricuas to the US, something that the US does not want.

Puerto Rico’s Puzzle: Race, Politics and Imperial Primaries

Puerto Rico’s Puzzle: Race, Politics and Imperial Primaries

Victor M. Rodriguez Domínguez

June 5, 2008


It was fascinating to read the assortment of analysis about the recent (6/1) imperial primaries in Puerto Rico. On one hand, it is a confusing event given that Puerto Ricans, as residents of a colony of the United States, cannot vote for the president of the United States. However, Puerto Rico’s political elite, through a gradual process created an ambiguous political space where Puerto Rico, at least for a few days, was in the limelight of American politics. They created these virtual parties the “Democrat Party of Puerto Rico” and the “Republican Party of Puerto Rico” that through lobbying and financial contributions are now able to send delegates to the national conventions. But the real forces behind these fictitious political structures are the two main political parties in the island, the pro-statehood New Progressive and the pro-commonwealth Popular Democratic Party, both organized around platforms to solve the island’s colonial status. These last few weeks are so unusual given the invisibility of this 4 million nation in the American political imagination. However, most of the political analysts who offered American readers with some way to make sense of the primaries used frameworks that may work well in the social and cultural reality of the United States, but fail miserably in understanding the puzzle of Puerto Rico.

The application of United States frameworks and perspectives to understand Puerto Rican politics and society always derive distorted results. To apply the same lenses we use in the United States to understand political dynamics in Puerto Rico will lead to failure. The historical record is full of examples of how misinterpretation of local social dynamics derived from the frames used to interpret them.

The United States Bureau of the Census learned this when the 2000 decennial census staff was preparing to develop items for the questionnaire to be used in Puerto Rico. Puerto Rico, since 1958, as a result of former Governor Luis Muñoz Marin’s negotiations with the U.S. Department of Commerce determined a process to develop the survey instrument to be used in the island. The process would consist of an inter-agency committee, led by the Puerto Rico Planning Board, that would include “consumers” of census data and would determine which kinds of survey items are needed in Puerto Rico. One of their decisions was that the question of race, would not be included in the survey instrument to be utilized in the 1960s census. Since the 1950s the question of race has not been included in the Puerto Rican census.

In 1980, the Legal Services Corporation (legal advocacy group) requested that in order to ascertain the level of racial discrimination in the island some data gathering about race was needed. The Supreme Court of Puerto Rico eventually decided there was no need for the gathering of such data in Puerto Rico. The climate for considering questions about race changed dramatically after the 1992 election of Governor Pedro Rossello, of the New Progressive Party (NPP) and a supporter for statehood for the island. In the years previous to the 2000 decennial census, the Inter-Agency committee, chaired by Lillian Torres, director for the social and economic planning for census activities with the Puerto Rico Planning Board discussed the need for data on race but decided not to use the items in the United States Census. They proposed to develop items more in line with the social reality of the island. Their decision was rejected and Governor Rossello himself made the decision to use the entire U.S. census survey instrument without any modification in tune with the social, economic and political reality of Puerto Rico. The outcome, in an island with a strong African and Taino cultural and phenotypical influence, resulted in 80.5% of the population self-identifying as white. Therefore, Puerto Rico is “whiter” than the United States.

The bureaucratic decision of former Governor Rossello basically enabled a “whitening” process that was accelerated by Puerto Rico’s colonial status. Since the Spanish-American War, Puerto Rico, while it has not experienced a dramatically large black emigration (or received white immigrants to the island in large numbers) however, Puerto Rico’s “white” population has grown from 48.5% (1802) to 80.5% in 2000.

The colonial experience has also been a racializing experience that has internalized even more the ideas that white is better (the colonial power is white). Also, the system of race is more fluid and elastic. In contrast with the polarized binary nature of the United States system of racial classification, between white and nonwhite, like in most of Latin America the system is more like a continuum where color gradations and other factors create a larger number of racial categories. While the system still is constructed along the two poles of white/black, the system, in sorting people, works quite differently than in the United States. The “one drop rule,” which guides racial classification in the United States, does not operate in the same way in the island. In the United States, for example, at one point in the state of Louisiana, a person who had 1/32 African ancestry would be considered “colored” regarded of its physical appearance. This makes African ancestry a very powerful factor in determining the racial classification of a person. The United States’ system adds to the nonwhite side of the racial ledger. In contrast, in Puerto Rico, the complex combination of color, type of hair, socioeconomic status, gender give European ancestry more weight in the racial classification. A person of high socioeconomic status, high education, whose skin is not extremely dark would be considered white and his peers would consider him white too. “Whiteness” is a very elastic category in Puerto Rico as part of a system that adds to the white side of the racial ledger.


For example, to assume that “ugly racial fissures” (Nikolas Kozloff, “The Puerto Rico Primary
Obama's Latino Problem Getting Worse, Counterpunch, June 2, 2008) can be read from CNN exit polls in Puerto Rico is reading too much on data that is not very reliable. The only thing we can glean from this last election is that we are not quite sure about the role of race unless we do much focused research into what happened. Also, given that racial dynamics in Puerto Rico are so different from Latinos in the United States (even among mainland Puerto Ricans) comparisons or extrapolations run the risk of being unanchored in any empirical certainty.

For example, the turnout for this primary is one of the weakest in recent Puerto Rican political history. Only 16 per cent of the registered voters participated in the primaries despite all the hoopla around the local visits by Sen. Clinton and Sen. Obama. In the 2000 and the 2004 general elections, 82.4 % and 81.7% of Puerto Ricans voted, a much higher rate than in the electoral process those years in the United States which were 51.2% and 56.7% respectively (see Manuel Alvarez Rivera, 2008 http://recursoselectorales.org/panorama/2008/05/la-primaria-presidencial-demcrata-de.html).

Also, a majority of those who voted were overwhelming pro-statehood (and conservative). 59% of voters identified as favoring statehood supported Sen. Clinton by 81% while those who favored Commonwealth divided themselves among both candidates. Sen. Clinton also received widespread support across age, income and education groups. However, many union activists and left of center voters (which could have potentially supported Obama) were involved in a march that Sunday against the primaries (including some left of center members of the local governing party and a new environmentalist party). Many activists felt that it was ludicrous to participate in an electoral contest without having the right to vote in the final electoral process.

Ironically, as Matt Barreto, a political scientist from the University of Washington discussed in a recent posting of the Latino Section of the American Political Science list serve, those who said race was an issue were more likely to vote for Obama (63% Clinton and 37% for Obama) On the contrary, those who said race was not an issue were less likely to vote for Obama (71% Clinton and 29% for Obama). This is contrary to the experience in the United States where those that responded that race was an issue had much higher percentages of support for Sen. Clinton. Another problem with the CNN exit poll is that it does not ask people to identify themselves on the basis of race (as in the U.S. exit polls), so we cannot ascertain what racial dynamics might be behind these numbers.

But the main ideological factor that clouds any understanding of race and politics in Puerto Rico is the pervasiveness of a color-blind ideology in the island. Until we understand what sustains this denial of race and racism in Puerto Rico, and until we do not apply external paradigms that are not rooted in the Puerto Rican social formation we will reach the wrong conclusions.



(Professor of sociology of race and ethnicity in the Department of Chicano and Latino Studies, California State University, Long Beach, his most recent book Latino Politics in the United States: Race, Ethnicity, Class and Gender in the Mexican American and Puerto Rican Experience, Kendall Hunt, 2005)

Judge Sonia Sotomayor: Racialization, Ideology and the “Imagined Latino Community”

Judge Sonia Sotomayor: Racialization, Ideology and the “Imagined Latino Community”

Victor M. Rodriguez Domínguez*

July 2009

Next July 13, congressional hearings will by held by the Judiciary Committee headed by Sen. Patrick Leahy D-VT to examine the credentials of Judge Sonia Sotomayor as a candidate to sit in the bench of the nation’s highest court. The extreme right wing of the Republican Party began with such strong negative rhetoric about the first Latina woman to be nominated for this position, that many wondered if the hearings could become a very conflictive process. While the tone of the rhetoric has been softened, it remains to be seen if the Republican Party will continue laying out the foundation that could lead it to become an irrelevant participant in the nation’s political process. Its extreme, rigid positions on immigration and affirmative action have distanced Lincoln’s party from the rising political actors in the United States’ political landscape. But the nomination of Judge Sotomayor has also revealed the complexity of the “Latino community” and the need to understand this cluster of national origin groups on its own terms and not in terms of the racialization processes that have created a homogenized understanding of a very differentiated group.

The Imagined Latino Community

The media that focuses on the Latino communities in the United States has contributed to a pervasive mis-perception that exists about who Mexicans, Puerto Rican, Cubans, Salvadoreans and other groups of Latin American descent are in the larger context of United States society. While the Anglo media has always perpetuated stereotypes about “latinos,” the “latino” media, in order to expand its markets beyond the ethnic niches of the various latin-american origin groups, has also contributed to the idea that all latin-american origin groups are alike. While there are many similarities among these groups there are also significant differences that are revealed in the discourse about the selection of a second generation Puerto Rican to be the first “latina” in the Supreme Court.

It is ironic that this process of racialization (erasure of the cultural and historical differences between ethnic groups) that has created a “Latino” pseudo-racial group is occurring at a time when a color-blind ideology is dominant in political, legal and pedagogical discourse in the United States. Although race is still the essential pivot around which American society is constructed and its hierarchies developed, the courts, politicians and the educational system are negating the role of race and racism in the inequalities that persist in our society. This ideology is so prevalent that it has become common sense and unexamined and is dominating our most important institutions. In the educational system, for example, Janet Schoefield, in study done in a school in 2001, revealed that white students did not know Martin Luther King was an African American. The courts, have narrowed the use of race in redressing racial inequalities and politicians do not dare utter the word racism in the public sphere. Most recently, section 5 of the Voting Rights Act while not overturned, was interpreted in a narrower, individualistic way opening the door to another possible examination by the Supreme Court in the future. Judge Sotomayor, will likely have, if approved, a crucial role in that future decision.

The recent election of President Barack Obama has led many to talk about a “post-racial” United States. Yet, the same inequalities exist, the same hate crimes exist and children of the various Latin American heritages continue attending substandard and underfinanced schools. Recently, evidence suggests we may be at the dawn of a new “post-racial” “Latino” politics emerging across the nation. Los Angeles Mayor Villaraigosa has increasingly distanced himself from appearing too ethnic, the California 32nd congressional district, until recently represented by progressive Hilda Solis---a majority “Latino” district---will no longer be represented by a politician of Latin American origin and in San Antonio Julian Castro became mayor following a similar strategy to broaden his appeal. In some sense, could it be that Peter Skerry, who wrote Mexican Americans: The Ambivalent Minority might be right? Are “Latinos” just another temporarily racialized group on its way to becoming mainstreamed (which in the U.S. means white)?

However, the cacophony of strongly negative comments about Judge Sotomayor made by the Republican Party’s right wing, especially Tom Tancredo, Rush Limbaugh and Newt Gringrich reveals the power of race and racism in contemporary America. Judge Sotomayor’s mistake, in their view, is that she affirmed her social experience as a “Latina” woman and how it provides her a rich perspective to add to the various other world views that abound in mainstream legal discourse. In a culture where the “color-blind” ideology is dominant any enunciation of ethnicity or race is taboo. However, the reality is that Judge Sotomayor is not too far from mainstream legal thought.

Their stance also might place the party in a more difficult place as it tries to recruit among the emerging actors in the political arena. The Republican Party is increasingly becoming whiter and ideologically extreme. In terms of latin-american voters, it only received 31 per cent of the “latino” vote in 2008, down from 40 per cent in 2004. Since, today, 22 per cent of all American less than 18 years of age are “latinos” the future of the party seems tenuous at best.

Legal Background

President Obama, in announcing Judge Sotomayor’s nomination for a seat in the Supreme Court mentioned a case that involved the baseball major leagues in 1995. Dave Zirin, article in “The Nation” (Sotomayor is a Sporting Judge, May 29, 2009) argued that Judge Sotomayor “saved” the capitalist owners of the baseball franchises from themselves. She basically saved them from their own short sightedness and greed. In fact, thanks to her decision to squash the bosses’ lockout helped baseball grow from a business that produced $1.3 billion to one that produces $7.5 billion.

A recent analysis of her judicial decisions by the McClatchy news agency revealed that Judge Sotomayor has been in the Court of Appeals since January 2002 . Since that time, in criminal cases she has decided 65 of 90 instances in favor of the government. In 450 cases she presided over, she was only revised in six cases, none of them were criminal cases.
What is not clear is her position on abortion. None of the cases she has been involved in have had anything to do with an interpretation of Roe v. Wade (1973) and in other cases tangentially related her decisions were diverse. Right wing conservatives like Rush Limbaugh are hoping that her Catholic background will determine her position on abortion. Five of the judges are Catholic and only Anthony Kennedy strayed away from an anti-abortion stance in 1992 when he supported the right of a woman to an abortion. It is ironic that those who critique Judge Sotomayor for being honest about her background and experience as a Puerto Rican woman now place their hope on that background for a particular interpretation of the law.

However, it is revealing that this dialogue which pivot around this “latina” woman is contradictorily being used to both reproduce the fiction of a “Latino community” and on the other hand to extol the culture of meritocracy that permeates American culture. “Latino” is a category which is still empty of content although it might truly become a social reality in the future as diverse latin-American origin communities intermarry and begin to develop a hybrid “latino” culture and identity. But in the meantime, the real ethnic groupings are the Mexican, Cuban, Puerto Rican and other communities with their unique historical experiences and cultures. A recent survey (June 4) by Quinnipiac University indicated that 49 per cent of whites and 66 per cent of Jewish Americans support Judge Sotomayor for the court. Close to 85 per cent of African Americans contrasted with 58 per cent of “latino” showed support for Judge Sotomayor’s selection. Some have argued that probably a large number of conservative Cubans may have biased the survey.

In another survey by McClatchy news (May 28-June 8) which had a larger sample than the Quinnipiac University survey, “latino” support for Judge Sotomayor is 72 per cent. If the media continues to emphasize her “immigrant” working class background it may continue to elicit the support of latin-American communities. But ironically, the way this message has been communicated presents her story as a “rags to riches” epic without any social context that helps make sense of her achievement. It is important to acknowledge her efforts and at the same time nuance the individualistic message that is being used to explain her success. Her mother, Celina Sotomayor, an important figure in her life, led her to appreciate Puerto Rican culture which nurtured a sense of place and significance in a society that was not always hospitable to differences. Also, it is important to acknowledge that she grew up in a New York where the struggles of the Puerto Rican and the Black community opened doors to latin-americans to new opportunities. Organizations like the Young Lords, ASPIRA and others forced the powers that be to provide access to education, health care and housing. This fertile context of social struggles is the stage which catapulted the intelligence and determination of this Puerto Rican woman into the public sphere.

Her achievements, rightly so, belong to her and to those on whose shoulder many of us have been carried into the present.


*Cross-Cultural Dialogue at rodrigvm@cox.net (For identification purposes only: Professor in the Department of Chicano and Latino Studies, CSULB)

Sonia Sotomayor: Racialización, Ideología y la “Imaginada Comunidad Latina”

Sonia Sotomayor: Racialización, Ideología y la “Imaginada Comunidad Latina”

Claridad en el Mundo
Víctor M. Rodríguez Domínguez*/Especial para Claridad

Julio 2009


Irvine, California - El próximo 13 de julio comenzarán las vistas en el Congreso donde el comité judicial, dirigido por el senador demócrata de Vermont Patrick D. Leahy, examinará las credenciales de la Jueza Sonia Sotomayor para ocupar un lugar en el más alto foro judicial de Estados Unidos.

La derecha extrema del Partido Republicano ha lanzado fuertes ataques contra la jueza que pudieran pronosticar un proceso difícil y conflictivo en el congreso. Irónicamente, si el proceso se convierte en un linchamiento político de la Jueza Sotomayor, el Partido Republicano estará cimentando su creciente debilidad política y su creciente distanciamiento de los nuevos actores, especialmente el electorado latinoamericano, que están surgiendo en el panorama política norteamericano.

La Imaginada Comunidad Latina en Estados Unidos
Pero lo que ha revelado este proceso es lo opaco que resulta el contexto de la llamada “comunidad Latina” en Estados Unidos. Lo que parece una perogrullada, cuestionar y problematizar la existencia de una “comunidad Latina”, pudiera ser más complejo y contradictorio que lo que nos revelan los medios de comunicación.

A pesar de que los procesos políticos, sociales y económicos en Estados Unidos giran sobre el concepto de raza, la ideología dominante que está entretejida en el discurso dominante en recientes décadas es el “daltonismo racial.” Como lo ha descrito el sociólogo puertorriqueño Eduardo Bonilla-Silva, esta ideología es una negación del rol que el racismo ocupa en los procesos políticos, sociales y económicos en los Estados Unidos. Esta ideología es tan dominante que se ha convertido en sentido común en muchas esferas de los sectores dominantes de la sociedad norteamericana. En el sistema de educación, se ha convertido en una visión de mundo tan natural que un estudio etnográfico de la educadora Janet Schoefield en el 2001 encontró que había estudiantes blancos que no sabían que Martín Lutero King era un hombre afroamericano. Las conquistas legales y formales logradas inicialmente por los afroamericanos comenzando con la decisión de la Corte Suprema Brown v. Topeka de 1954, y luego extendidas a otros grupos racializados, han sido la base material para que una gran mayoría de los norteamericanos, especialmente anglosajones, no perciba que el racismo está vivo y latente en Estados Unidos.

La elección reciente del primer presidente afroamericano ha llevado a muchos a describir el presente momento en Estados Unidos como una época “post-racial.” Es éste el contexto que explica porqué miembros conservadores de los medios de comunicación, como Rush Limbaugh o políticos como Tom Tancredo y Newt Gingrich tuvieron la osadía de llamar racista a la Jueza Sonia Sotomayor. En la nueva cosmovisión distorsionada de la derecha, el poder está crecientemente en las manos de las minorías raciales por lo que es aceptable utilizar los conceptos que fueron armas ideológicas de combate durante la “época racial” de los grupos que luchaban por los derechos civiles.
Pero no han sido sólo los conservadores los que han contribuido a este nuevo discurso, también los liberales han contribuido a no reconocer la fisura que la estratificación racial causa en la sociedad norteamericana. El sociólogo Stephen Steinberg escribió en 1994 un artículo donde describía el abandono por los liberales del espacio de lucha por la justicia racial. Fue precisamente el liberal Bill Clinton quien promovió la ley que reformó el sistema de beneficencia pública en Estados Unidos (“Personal Responsibility Act”) en el 1996 y que ha dado atrás a décadas de logros en los programas que proveían una red de apoyo social a los pobres.

A pesar de los esfuerzos gubernamentales de demostrar los alegados éxitos del desmantelamiento de la red de apoyo social, en este periodo de recesión económica se comienzan a ver los estragos de la misma. Los desamparados, los desempleados no tienen la red que apoyaba antes a los que enfrentaban los desafíos de las crisis económicas. Los liberales, se aliaron con los conservadores para reformar (desmantelar) el sistema de beneficencia pública imbuidos de la misma ideología del daltonismo racial que permeaba al pensamiento conservador. De hecho, viejas teorías que culpan a la cultura (que es una forma solapada de culpar a los grupos racializados de defectos “congénitos”) por la pobreza han resurgido en modelos pedagógicos supuestamente progresistas, tales como los talleres de Ruby Payne (educadora norteamericana) que se utilizan en algunas escuelas para resolver los problemas del bajo aprovechamiento académico de algunos sectores racializados y empobrecidos de la población norteamericana.

Trasfondo Legal
Es este el contexto en el que los gritos estridentes de la derecha Republicana pudieran tener una mayor resonancia de lo que pudieran haber tenido unas décadas atrás. El que la Jueza Sotomayor introduzca su particular experiencia, matizada por la cultura y por su género, resulta algo que pone a temblar a los que perpetúan el sistema de supremacía blanca en Estados Unidos. Irónicamente, las decisiones judiciales de la Jueza Sotomayor, realmente caen en el mismo medio del pensamiento judicial norteamericano. Sus decisiones legales no han sido riesgosas ni fuera del cauce normal del pensamiento legal dominante norteamericano. Aunque su decisión en el caso de las ligas mayores de béisbol en el 1995, caso que el presidente Obama resaltó en sus comentarios sobre la jueza, realmente fue una decisión que como dijo Dave Zirin en la revista “The Nation” salvó a los capitalistas dueños de las franquicias de sí mismos, los salvó de su propia terquedad y miopía. De hecho, gracias a su decisión el negocio creció de uno que producía $1.3 billones a uno que produce $7.5 billones, como bien señala Zirin.

Un análisis reciente de sus decisiones legales por la agencia noticiosa McClatchy revela que desde que la jueza ha estado en la Corte de Apelaciones, ha decidido a favor del gobierno en 65 de 90 decisiones criminales. Sólo en 25 casos decidió a favor del acusado. De cerca de 450 casos que ella presidió, sólo fue revisada por la corte de apelaciones en seis instancias, ninguna de ellas de naturaleza criminal. En ocasiones, ha expresado empatía por acusados pero ha impuesto la ley.

Lo que resulta nebuloso es su posición sobre el aborto. En ninguno de sus casos ha tenido que rendir una decisión sobre Roe v. Wade (1973) y en otros casos que tenían alguna relación con el tema, las decisiones han sido diversas. Conservadores como Rush Limbaugh y otros tienen la esperanza de que su fe católica sea la que determine su posición sobre el aborto. Cinco de los jueces son católicos y sólo el católico Anthony Kennedy en 1992 apoyó el derecho de una mujer a tener un aborto. Es irónico que los mismos que critican a la jueza por ser honesta al expresar su realidad como ser cultural, producto de unas experiencias que han conformado su visión de mundo, ahora tengan la esperanza que su fe religiosa, y no la ley y los precedentes, determinen sus decisiones en la corte suprema.

Racialización y Poder
Por otro lado, la forma en que los medios y el público han negociado la nominación de la jueza, revela claramente el proceso de racialización en Estados Unidos. A través de la racialización es que se construye la ficción de la taxonomía de grupos raciales utilizando las instituciones que producen la vida social norteamericana. El sistema educativo, el sistema económico, el sistema de justicia criminal y los medios de comunicación, entre otras instituciones que conforman la sociedad norteamericana, también perpetúan las clasificaciones raciales que constituyen la armazón de la desigualdad social y económica en Estados Unidos.

Estas taxonomías, junto a las clases económicas y al género, son aceptadas por las masas a través de procesos que se dan en todas las esferas de la sociedad. La participación de numerosas instituciones sociales que perpetuan y afirman su realidad las convierte en parte del trasfondo, parte de aquella área no cuestionada, “natural” de la realidad social. La aparente contradicción de la existencia de una ideología dominante, el daltonismo racial, y la realidad de los procesos de racialización que ocurren en todas las esferas de la vida cotidiana se apoyan mutuamente. Cuando los medios hablan de la candidata “latina,” no cuestionan el proceso de racialización subyacente que sirve de escenario de significación a esa etiqueta. El uso de la categoría “latino/a” se enuncia sin ningún acto de reflexión, dándole el poder de legitimar una ficción. Una de las formas en que los grupos son racializados, por ejemplo, los puertorriqueños en Estados Unidos, es que pierden su especificidad cultural, realidad cotidiana como boricuas y se convierten en “latinos.” “Latinos” es una categoría racializada que sólo existe en la arquitectura racial de Estados Unidos. A través de procesos racializantes los grupos son “homogenizados”, perdiendo las características que los constituían como grupos culturalmente definidos o de origen nacional y se convierten en una caricatura racializada. Este proceso permite que caricaturas inapropiadas como “Fiesta Time”, donde la jueza aparece rodeada de símbolos culturales mexicanos, sean diseminados en los medios de comunicación.

Pero la “comunidad latina” no es tan homogénea como los medios y las organizaciones latinas la representan. Hay serias diferencias políticas, culturales e históricas entres las comunidades de origen latinoamericano. Esto es particularmente patente entre la comunidad méxico americana, dominicana, cubana y la puertorriqueña. Y aun cuando a veces hay convergencia de interés, no hay la consecuente unidad de propósito que se da en la comunidad afroamericana.

Un ejemplo reciente de esto es la reciente encuesta de la Universidad Quinnipiac de Connecticut el pasado 4 de junio. El 49 por ciento de los votantes blancos apoyan la nominada Latina para la Corte Suprema. El 66 por ciento de los votantes judíos también la apoyan. El grupo que más la apoya es la comunidad afroamericana, donde más del 85 por ciento expresa apoyo. Sólo el 58 por ciento de los latinos en esta encuesta la apoyaron. Parte de la razón para el relativo bajo porcentaje de apoyo es que en la muestra, según los encuestadores, había más latinos conservadores quienes en su mayoría son cubanos y quienes tienden a votar con los Republicanos. Pero otra razón es que muchos méxico americanos no tienen hoy día una experiencia de solidaridad y experiencia común con los boricuas. Aun cuando ésta se dio un poco más intensa durante la década de los 1960-70s, a través de las luchas por los derechos civiles, las nuevas generaciones no comparten la memoria organizacional de esas relaciones. Cerca del 40 por ciento de los chicanos son nacidos en México, por lo que no están imbuidos en las luchas sociales de los derechos civiles. El sesenta por ciento restante de la comunidad chicana, por deficiencias de un sistema educacional, no ha sido educado sobre su propia historia, incluyendo las alianzas inter-étnicas que se dieron en décadas anteriores.
Además, persiste aún un nacionalismo estrecho que limita la creación de coaliciones con otros grupos étnicos. “Latina” tiene un poder a través de los medios de comunicación o los grupos que sirven de organizaciones de lucha (LULAC, Congreso La Raza etc.) para los latinoamericanos, pero no es producto de una experiencia compartida en el ámbito de la vida cotidiana. Hay una posibilidad de que esto se dé a medida que las comunidades se transforman en comunidades más heterogéneas (hoy día el Harlem Hispano está lleno de taquerías) pero esto no se ha fraguado aún.

La llamada identidad “latina” es fluida y depende de la situación concreta. La “Latino National Political Survey” (2006) indica que los latinoamericanos en Estados Unidos no ven contradicción entre escoger su origen nacional a la vez que se identifican como “latina/o.” Todo depende del momento, la situación, de hecho, la misma encuesta indica que cerca de la mitad de los 8,500 encuestados ven alguna convergencia con otros grupos de origen latinoamericano.
Pero estas ficciones tienen un peso político real en el proceso político norteamericano. El sociólogo norteamericano Charles Horton Cooley decía que “si algo es percibido como real, es real en sus consecuencias.” Y a pesar de lo dominante que es la ideología del daltonismo racial, esta categoría, “raza,” tiene un impacto muy importante (junto a “clase” económica) en la cosmovisión de mundo y las ideologías políticas que se destilan de ellas. Es por eso que el Partido Republicano se enfrenta a un proceso que pudiera dar el jaque mate a su posible desaparición o reconfiguración como fuerza dominante en el espectro político norteamericano.

Recientemente, en el Senado del estado de Nueva York, dos senadores boricuas, Pedro Espada e Hiram Monserrate, se aliaron al sector Republicano del Senado para conseguir la elección del senador Espada como líder de ese cuerpo. Ambos políticos son Demócratas pero estando el Senado dividido entre 30 senadores Republicanos y 32 Demócratas, los Republicanos han estado preocupados por la supervivencia de ese partido en el ámbito estatal. Los cambios demográficos e ideológicos que se han dado en ese estado, causados en gran medida porque las anteriores minorías raciales están en crecimiento vertiginoso, han impactado negativamente al Partido Republicano. El Partido Republicano cada día se convierte en un partido que sólo aglutina a los sectores anglosajones. A escala nacional, el partido que en ocasiones recogió el 40 por ciento del voto latino, sólo logra el 31 por ciento en el 2008. Algo similar le ha ocurrido al partido a nivel estatal, excepto que en Nueva York la situación se torna más difícil.
Históricamente, la asamblea, usualmente Demócrata y el Senado usualmente Republicano, negociaban cómo se rediseñaban los distritos electorales. Así mantenían un balance político donde ambos partidos se beneficiaban. Ese balance, con la victoria Demócrata en el Senado de Nueva York, aterrorizó a los Republicanos pues sabían que en el 2010, cuando se delinean los nuevos distritos electorales con base en los nuevos datos censales, los Demócratas se servirían con la cuchara grande. Por lo tanto, negociaron una alianza con los Boricuas para mantener el balance del poder en el Senado en manos Republicanas. Nueva York es un microcosmos de lo que enfrenta el Partido Republicano a nivel nacional.

Si los medios continúan enfatizando la experiencia de la Jueza Sotomayor como “inmigrante” y de cómo surgió de una familia de clase trabajadora, esto pudiera aumentar su popularidad en las comunidades latinoamericanas. Hoy día, el 89 por ciento de todos los niños latino americanos en Estados Unidos son segunda o tercera generación. Ellos constituyen el 22 por ciento de todos los niños menores de 18 años en Estados Unidos. Y si se continúan acrecentando las comunidades heterogéneas latinoamericanas, más probabilidades habrá de las “fusiones” (matrimonios inter-étnicos). Como han señalado sociólogos como Ronald Fernández, éstos son más propensos a identificarse como “latinos.” Es de aquí que pudiera surgir, si se dan las condiciones, una “comunidad latina” más cohesiva.

Si la Jueza Sotomayor asume la posición en la Corte Suprema, es posible que tuviera que examinar algún caso sobre el estatus político de Puerto Rico. Como señalaron Oscar Serrano y Omaya Sosa Pascual en un estudio (junio 1, 2009) del Centro de Periodismo Investigativo de Puerto Rico (www.cpipr.org), su única expresión pública conocida es un artículo que escribió en el 1979 en la Escuela de Leyes en la Universidad de Yale. En el artículo, la jueza hablaba de cómo Estados Unidos podría expandir ciertos derechos a la explotación de las áreas marítimas más allá de las 12 millas que reconoce la ley de Estados Unidos. Irónicamente, la jueza, en cierta medida fue una beneficiaria de las luchas de la comunidad puertorriqueña en los 1960-70s. Los Young Lords ayudaron a mantener que el Hospital Lincoln continuara sirviendo a la comunidad, organizaciones como ASPIRA contribuyeron a mejorar la educación para los latinoamericanos en general, las organizaciones de estudiantes boricuas que protegieron instituciones como el Hostos Community College, y figuras legendarias como la trabajadora social Antonia Pantoja, son todos los hombros sobre los que descansa su éxito. En su gran mayoría, estas instituciones y organizaciones eran dirigidas por boricuas independentistas que enfrentaron el exilio llevando la lucha a las entrañas del imperio. Esperemos que su discernimiento legal le provea una lectura justa a las aspiraciones de los puertorriqueños.
Pero lo que es seguro es que si el Partido Republicano escoge atacar a la jueza Sotomayor en las vistas del Congreso, el partido se sumirá en una fosa de la cual le resultará muy difícil salir. Las encuestas hoy día señalan que los números de personas que se identifican como Republicanos son los más bajos en los últimos 25 años. Y la encuesta de McClatchy dice que el 42 por ciento de los votantes latinos no verían con buenos ojos al Partido Republicano si atacan de forma despiadada a la nominada.

Una boricua de segunda generación es el eje de muchas dinámicas políticas interesantes. Una consecuencia inesperada de la dominación colonial de Puerto Rico y de las migraciones causadas por el imperio.

*El autor es sociólogo, catedrático en el Departamento de Estudios Chicanos y Latinos de la Universidad Estatal de California, Long Beach.

Tejiendo los fragmentos dispersos de la historia de Puerto Rico

Viendo a Puerto Rico desde California

Tejiendo los fragmentos dispersos de la historia de Puerto Rico

Víctor M. Rodríguez Domínguez Especial para En Rojo de Claridad de Puerto Rico

El autor es Catedrático del Departamento de Estudios Chicanos y Latinos, California State University, Long Beach.

César Ayala and Rafael Bernabé. 2007. Puerto Rico in the American century: A History Since 1898. Chapel Hill: University of North Carolina Press.

Todas las nuevas generaciones intentan definirse en relación a las generaciones anteriores. En ocasiones el proceso incluye rechazar o reescribir las memorias heredadas y compartidas. En el mundo académico puertorriqueño las nuevas generaciones de intelectuales también reinterpretan el legado histórico y los marcos de referencia que le dieron sentido a las generaciones que le precedieron. Muy a menudo, en nuestra necesidad de distanciarnos de las metodologías, interpretaciones y marcos teóricos, desechamos, no sólo la paja pero también el grano. Lamentablemente, para afirmar nuestra perspectiva de que aramos en terreno virgen, perdemos de vista que lo que construimos está imbuido de sabiduría heredada.

En los momentos más necesarios, se nos asoman en el horizonte obras que nos recuerdan que no todo lo novedoso es nuevo y que las experiencias, interpretaciones que le dieron sentido a generaciones pasadas eran ventanas a verdades que, en su momento, contribuyeron a una mejor comprensión de los procesos sociales. Luego de más de una década de pesimismo y de una febril estampida donde todas las vacas sagradas de nuestra cultura, historia y política han sido desmenuzadas y atacadas, es refrescante contemplar un ejemplo de trabajo intelectual edificante que reevalúa el pasado y el presente sin necesidad de botar fuera de borda los legados teóricos e interpretativos que dieron base a una mejor comprensión de lo que es Puerto Rico hoy día.

César Ayala y Rafael Bernabé, en su enciclopédico trabajo nos demuestran la receta que permite aquilatar las interpretaciones históricas, los análisis culturales y políticos del pasado sin perder de vista cómo se construye la zapata de un nuevo proyecto histórico para nuestra patria. En 342 abultadas páginas nos ofrecen una amplia y abarcadora reevaluación de las más importantes tendencias en el análisis cultural, histórico, político y económico puertorriqueño desde el 1898. En cierta medida, Ayala y Bernabé han logrado lo imposible, como conectar las variadas hebras del tapiz de la formación social puertorriqueña y a la vez proveernos un marco de referencia teórico que le da sentido a las partes. Si la tendencia en los últimos años entre los intelectuales puertorriqueños ha sido la visión fragmentada, pesimista e iconoclasta de nuestro acontecer histórico, cultural económico y político, Ayala y Bernabé nos proveen un atisbo a otro modo de imaginarnos.

Ambos investigadores, en cierta medida, representan una parte importante de la realidad de la experiencia puertorriqueña hoy día. Ayala es catedrático asociado en sociología en la Universidad de California en Los Ángeles y Bernabé es catedrático y director del Centro de Estudios Hispánicos Federico De Onís de la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras. Y aunque podemos detectar en ocasiones los capítulos donde uno u otro tuvieron una mayor participación en su redacción, realmente logran una totalidad que representa un conjunto muy bien balanceado.

El libro está dividido en quince capítulos, que nos describen desde el trasfondo histórico, económico, cultural y político de la invasión norteamericana hasta los debates contemporáneos desde las perspectivas marxistas, neomarxistas, nacionalistas, neonacionalistas y las que han producido los modos de interpretación y visión de mundo llamados post-modernismo y estudios postcoloniales. Los autores han escogido cuidadosamente las figuras, obras y perspectivas puertorriqueñas más importantes en los últimos 109 años bajo el imperio norteamericano. También han logrado entretejer, en momentos estratégicos, la experiencia y las visiones de mundo que se conformaron en la diáspora puertorriqueña en Estados Unidos. Un trabajo tan extenso como éste no puede recibir la justipreciación que se merece, es por eso que resaltaré aquellos aspectos que me llamaron más la atención.

Lo realmente novedoso, pero no iconoclasta, que caracteriza este libro es cómo nos provee una perspectiva que conecta la vida cotidiana con los cambios sistémicos del capitalismo. De forma cuidadosa los autores no caen en un determinismo económico sino que proveen un espacio para el desfase o ruptura que se da entre la cultura y los cambios económicos. Nos proveen una taxonomía de periodos históricos que revela aspectos nuevos de nuestra vida social, cultural, económica y política desde las calles de San Juan hasta los barrios boricuas en Estados Unidos. En un lenguaje claro, no obtuso, como muchos textos postmodernistas, los autores nos proveen un análisis e interpretación que aún el mismo Jacques Derrida pensaría es una respuesta ponderada a su reciente libro el "Espectro de Marx". En este libro Derrida invoca el espíritu radical de Marx en un momento en que el capitalismo salvaje se vanagloria de sus éxitos. Por otro lado, los postmodernistas puertorriqueños parecen haberse convertido en el coro griego que le acompaña al capitalismo triunfante afirmando que ya no hay ideologías, sólo el capitalismo perpetuo.

La justa apreciación del imperialismo en Puerto Rico no los lleva a una visión monolítica del mismo. Tampoco los lleva a la perspectiva del "imperialismo bobo" que comparten de forma variada y contradictoria los seguidores de Luis Muñoz Marín e irónicamente algunos escritores desde la perspectiva postmodernista. No todo lo que está mal en la formación social y la experiencia puertorriqueña es producto del colonialismo. Pero ignorar el rol del capitalismo en su etapa más depredadora es ignorar la forma como el contexto tiende a proveer y/o limitar las alternativas a la que han tenido y tienen acceso los puertorriqueños en su vida política, cultural, económica y social. Recientemente la intelectual filipina Delia D. Aguilar, en una conferencia sobre estudios étnicos en Estados Unidos, apuntaba la forma irreflexiva en que los intelectuales postmodernistas aclamaron el libro de Michael Hardt y Antonio Negri, "Imperio" que le sirve de contrapeso al esfuerzo que realizan Ayala y Bernabé. Estos últimos entrelazan de forma cuidadosa el análisis económico y los otros análisis de las otras esferas de la vida humana sin que ninguna esfera pierda su autonomía y dinamismo. Pero evitan caer en el error garrafal en que cayeron Hardt y Negri cuando concluyeron que el imperialismo ha sido substituido por un imperio descentralizado, fragmentado, donde la nación/estado ha desaparecido como categoría de análisis. Esta hipótesis fue totalmente devastada por los eventos del 11 de septiembre, la presidencia imperial y la guerra en Irak. Hardt y Negri, además, se burlan del nacionalismo y los movimientos de liberación nacional como retrógrados, y ven el mundo como uno donde las clases proletarias se han convertido en multitudes (o en masa a lo Ortega y Gasset o "reguerete" a lo Muñoz). Los postmodernistas parecen haber caído en la alegórica caverna de Platón y se encuentran cegados por las imágenes fantasmagóricas perdiendo de vista los procesos reales que se desarrollan en el mundo.

La recuperación de las contribuciones de escritores y analistas que por las nuevas modas habían caído en el olvido y el desuso (con la honrosa excepción de algunos intelectuales puertorriqueños) es otra contribución que nos hace este libro. Las figuras de Rosendo Matienzo Cintrón, Nemesio Canales y Luis Lloréns Torres son recuperadas y puestas de nuevo en el tablado del análisis cultural, político e histórico puertorriqueño. Realizando este necesario proceso de desempolvar estas figuras históricas nos ofrecen una visión más certera y profunda de las divisiones que existían al interior de la elite puertorriqueña. En cierta medida, incorporan, conectan estas perspectivas, con la reevaluada historia de los de abajo en una interpretación histórica que incluye la complejidad estructural de la sociedad puertorriqueña en lo que ellos llaman el "Siglo Americano".

Nuestro perpetuo debate sobre la identidad puertorriqueña recibe un muy bien balanceado tratamiento que incluye voces a las que no hemos oído recientemente en este contexto. Resaltan los escritores a Rubén del Rosario y Nilita Vientós Gastón, personas cuyo análisis cultural nos impresiona por su capacidad de proveer una visión maleable y porosa de la identidad puertorriqueña, a la vez de servir de fundamento para lo que los autores llaman una perspectiva crítica, no nacionalista, del colonialismo norteamericano.

Otros debates históricos, por ejemplo, el carácter de las partidas sediciosas a principio del siglo veinte, también reciben una merecida atención de Ayala y Bernabé. En momentos en que nos sentimos intrigados por las variadas interpretaciones de la forma en que los puertorriqueños acogieron al invasor, los autores nos proveen un análisis balanceado de las fuentes que conocemos sobre este fenómeno que se aleja de los análisis nacionalistas o neonacionalistas sobre el carácter de estos focos de insurrección.

Pero en algunos casos el análisis adolece de una interpretación más profunda de hechos y figuras históricas. Por ejemplo, al analizar la anomalía que representa el que una república democrática gobierne sobre una posesión colonial estos concluyen, luego de listar una serie de intervenciones imperialistas norteamericanas en el Caribe que "Como se puede ver de esta lista, el imperialismo de los Estados Unidos, a diferencia de sus predecesores Europeos, no comenzó con intenciones de construir un imperio colonial formal." (P. 30) En cierta medida, y aunque mencionan que Puerto Rico es una anomalía, dejan al lector con la impresión de que Estados Unidos andaba a ciegas y al tropezar se vio enredado en la madeja imperial. El cuidado con el que Elihu Root estudió los volúmenes de estudios conducidos por los antropólogos y políticos británicos en el proceso de construir una administración colonial indica que las elites norteamericanas no tropezaron sino que sabían muy bien lo que hacían. Elihu Root, como Trías Monge y otros revelan, fue quien fundamentalmente orientó la construcción de la administración colonial en Puerto Rico, sabía muy bien que Estados Unidos no era la democracia que sustentaba los principios democráticos contenidos en la Ordenanza del Noroeste de 1787. Esta ordenanza establecía que todos los territorios adquiridos por Estados Unidos serían colocados en un proceso hacia su eventual admisión como estados. Root escogió el modelo británico, implícitamente reconociendo que Estados Unidos entraba a una nueva etapa imperial, el edificio que construyó en las Filipinas y Puerto Rico meramente lo formalizó y lo concretizó. Como vemos en el trabajo de Cabranes y Jorge Duany en cierta medida Estados Unidos había puesto una verja alrededor de las áreas donde los ciudadanos tendrían una ciudadanía de primera clase. Así, Estados Unidos se aprestaba, en caso de que conquistara otros territorios, a no tener que admitirlos en su unión. Es por esto que el sociólogo William Gram Sumner, de Yale, escribió el clásico artículo titulado "La conquista de los Estados Unidos por España." Obviamente, el carácter racializado de Estados Unidos no le permitía incorporar a una nación como Puerto Rico (o las Filipinas) con una cultura y población que Estados Unidos no podía "digerir". Los debates en el congreso sobre la disposición de las "posesiones" claramente indican que los imperialistas tenían aspiraciones territoriales, pero también encontraron oposición de los que veían como una contradicción el que una nación democrática poseyera colonias.

Sin embargo, este trabajo, complejo y amplio, ha logrado en gran medida escribir una historia de Puerto Rico donde las dialécticas de raza, clase, género en su contexto político y económico de forma no se desdibujan sino que revelan la complejidad de nuestra historia. Ayala y Bernabé integran los trabajos que sociólogos e historiadores han hecho sobre la feminización de la mano de obra puertorriqueña, sobre el desarrollo de las relaciones capitalistas de producción bajo la hegemonía imperial norteamericana. Retan mitos que hemos cargado por muchos años que han representado al imperio norteamericano como un ente todopoderoso. Nos recuerdan, por ejemplo, que aún cuando los inversionistas norteamericanos controlaron una parte substancial de la industria azucarera, puertorriqueños y extranjeros residentes en Puerto Rico, controlaban la mayor parte de la producción azucarera. También nos recuerdan y evidencian los autores que el patrón de concentración de la tierra en pocas manos es una herencia del sistema colonial español, no un producto del imperialismo norteamericano.

Unos aspectos estimulantes del análisis de la historia económica que nos ofrece este trabajo es la recuperación de ciertos aspectos positivos del análisis económico marxista. Ha sido un lugar común en muchos análisis históricos y económicos contemporáneos rechazar el análisis marxista in toto. El producto de este análisis totalizador resulta en un proceso en el cual, al querer cortar la maleza, también se descartan las plantas productivas. El concepto leninista de la fase imperialista como una fase cualitativamente diferente del capitalismo se recupera en algunos de sus aspectos.

Otro de los aspectos mejor logrados por Ayala y Bernabé es la evaluación e interpretación de las bases ideológicas del "posibilismo" de Luis Muñoz Marín. Los autores nos proveen una explicación razonable del abandono de la independencia por parte de Muñoz Marín que problematiza la idea de que éste traicionó el ideal. La realidad es que ya temprano en los años cuarenta Muñoz Marín había dejado de creer en la independencia como un proyecto posible. Contrario a don Pedro Albizu Campos, Muñoz Marín no entendió que Estados Unidos era una nación que no respondía a actitudes serviles de sus sujetos. Igual que los estadistas, los autonomistas asumieron una posición de servilismo frente al imperio que meramente reafirmaba el paternalismo de los norteamericanos. Esta idea del "imperialismo bobo" que permea el pensamiento muñocista se ve claramente en la forma en que éste presentaba un discurso en el Congreso y luego otro tipo de discurso en la isla. Esta falta de comprensión de la naturaleza del imperio norteamericano ha contribuido a perpetuar la situación colonial de Puerto Rico.

También la figura de don Pedro Albizu Campos recibe un análisis que rechaza los aspectos más negativos de los libros de Luis Ángel Ferrao y Gordon K. Lewis, donde ambos le aducen simpatías con el fascismo. Se presentan documentos primarios donde Albizu Campos rechaza el fascismo y el régimen nazi. Ayala y Bernabé contraponen la forma en que Muñoz Marín y Albizu Campos construyen al sujeto puertorriqueño. Para Muñoz Marín, el boricua es un ser trágico al cual hay que ayudar de forma paternalista, para Albizu Campos el puertorriqueño es un ser que quiere ser sujeto de su historia. Pero tampoco este análisis deja de presentar los aspectos conservadores de su ideología. El Albizu Campos que emerge de este libro es un ser real, ni estigmatizado ni convertido en una deidad.

Pero uno de los aspectos mejor logrados por este trabajo es su certera crítica de la corriente postmodernista puertorriqueña. Resaltaré dos críticas realizadas por por lo autores y las compararé al análisis que hizo la intelectual filipina Delia D. Aguilar de otras fuentes similares. Arturo Torrecilla y Carlos Gil, uno de los fundadores de Postdata, escriben en sus textos que los sujetos de la modernidad (proletarios) sustituyeron viejos mitos por nuevos mitos. El mito nacionalista fue substituido por el mito marxista de la heroica clase trabajadora. La nueva visión de mundo "post" encuentra a un nuevo chivo expiatorio para explicar las derrotas sufridas por algunos movimientos sociales en Puerto Rico. La huelga de los telefónicos se perdió por culpa de la izquierda, según los editores de Bordes, otro proyecto postmodernista. Para Juan Duchesne Winter, la lucha de Vieques fue redundante, ya que la Marina se fue en el periodo establecido por la orden ejecutiva de Clinton. Duchesne Winter reduce la lucha de los viequenses a un espectáculo utilizado por los Populares para aunar los sentimientos nacionalistas en su proyecto electoral. Este distorsionado análisis de la realidad puertorriqueña es producto de una visión fragmentada de los procesos sociales. No conectar las dinámicas económicas y geopolíticas del imperio norteamericano con el acontecer social en Puerto Rico transforma el imperialismo en un "imperialismo bobo". Si un presidente firmó una orden ejecutiva entonces, ¿cómo pueden los boricuas asegurarse de que la palabra no se convierta en letra muerta? Este análisis ignora lo que ocurría tras bastidores en los círculos de poder norteamericanos para impedir el cierre de las bases navales en Puerto Rico. El gobierno estadounidense ha firmado más de 300 tratados con las naciones indígenas de Estados Unidos, y firmaron el Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848 con México y han violado todos y cada uno de estos tratados. Lo que Duchesne Winter y los otros postmodernistas proponían como estrategia era abstenerse de participar en dichos procesos de apoyo.

Aguilar, en sus ensayos sobre la necesidad de recuperar el análisis clasista en los estudios étnicos, revela cómo en los análisis postmodernistas de la conquista de las Filipinas se termina en la absurda conclusión que los filipinos son cómplices con los colonizadores y estigmatizan a los nacionalistas como "nacionalistas-coloniales". Con una series de frases interconexas desaparece la línea divisoria entre colonizador y colonizado. Todos somos opresores. De la misma forma Ramón Grosfoguel y Juan Duchesne Winter parecen sugerir que el imperialismo se confronta con una estrategia de "seducción". Botar por la borda la economía política del imperialismo los lleva a reducir los movimientos mundiales antiimperialistas a estrategias donde se intenta extraer concesiones de un "imperialismo bobo". Como describe Aguilar en su texto sobre las Filipinas, cuando los post-modernistas descartan mirar los procesos macros (políticos, económicos, etc.) con los micros (cotidianidad, normas) terminan en un retorno a la alegórica caverna de Platón. Kristin Hoganson es llevada por su análisis postmoderno a argumentar que la conquista de las Filipinas se dio porque Estados Unidos quería recobrar su masculinidad perdida. Los blancos de clase media se habían feminizado por las comodidades de la vida moderna por lo que se hacía necesario llevarlos a las maniguas filipinas para "remasculinizarlos".

Finalmente, Ayala y Bernabé sugieren una revisión a la estrategia de los "estadistas radicales" y en particular a la propuesta de Grosfoguel de una lucha concertada con los movimientos sociales norteamericanos para defender los derechos democráticos de los boricuas en camino a la estadidad. Los autores de esta historia mantienen un tono de respeto intelectual a las ideas que critican en su texto. Incluyendo cuando dicen que hay aspectos admirables en la propuesta de Grosfoguel de "resistir la privatización neoliberal y los cortes en las transferencias federales... Cualquier descolonización de Puerto Rico debe demandar una ‘indemnización histórica’ de los Estados Unidos para reconstruir la economía de Puerto Rico . . ." y donde sugiere alianzas con los movimientos sociales en Estados Unidos. Lamentablemente no hay aspectos admirables en esta propuesta, excepto que es una posición más progresista que la que han asumido otros postmodernistas, como Duchesne Winter que inicialmente terminaron apoyando la invasión de Afganistán. Por lo menos se reconoce parcialmente el contexto de la economía política del imperio. Pero la realidad es que lo único novedoso de la propuesta de los "radicales estadistas" es que hablan de luchar en concierto con los movimientos sociales en Estados Unidos para lograr la estadidad. Los independentistas puertorriqueños, con sus altas y sus bajas, siempre han tratado (a veces con menos ganas o posibilidades que en otras ocasiones) de concertar sus luchas, no solo con los movimientos sociales en el imperio, pero también a través del mundo. Aquí no hay nada nuevo.

Lamentablemente, la realidad es que el aspecto racializado de la formación social norteamericana afecta aún a los grupos progresistas norteamericanos. El daltonismo racial que afecta la sociedad norteamericana también afecta la óptica de los movimientos sociales estadounidenses. La creciente conciencia sobre el carácter imperial de Estados Unidos no incluye una creciente conciencia sobre el caso colonial de Puerto Rico. Puerto Rico es aún invisible (por razones muy complejas) para los liberales y la izquierda norteamericana. El creciente movimiento antiinmigrante enfrenta una creciente xenofobia y racismo representado en las numerosas leyes locales que estigmatizan a los inmigrantes. También, el racismo, representado por el reciente caso de los seis jóvenes negros criminalizados en Jena, Louisiana, indica que la clase dominante está entrando en una etapa de movilización. La reciente decisión de la corte suprema el 28 de junio del 2007, que debilitó la decisión antisegregación de Brown v. Brown de 1954, augura un nuevo periodo de lucha. Pero concertar alianzas con los movimientos sociales que están emergiendo para pedir la estadidad sería contradictorio. Los profesores Ayala y Bernabé nos demuestran que a veces el camino hacia el futuro implica recordar dónde estuvimos. Este trabajo será un clásico en la historiográfica puertorriqueña. Esperamos que su edición en español (UPR) salga pronto.

El autor es Catedrático del Departamento de Estudios Chicanos y Latinos, California State University, Long Beach.

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