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Latino Politics in the U.S.

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Sunday, March 27, 2011

Reflexiones sobre la economia de Puerto Rico

Hay dos enlaces, en el primero pueden bajar cuatro MP3 con la excelente conferencia del economista puertorriqueño Dr. Francisco Catala. Un intelectual renacentista (si, aun es posible) que tiene la capacidad de explicar asuntos complejos en for acesible para todos. Desmitifica las mentiras de los neo liberales a la vez que ofrece esperanza en el futuro del pais. Otro Puerto Rico es posible.

"anosognosia" es la enfermedad de no conocer el mal que se padece . . .

En el segundo enlace un excelente articulo del economista Dr. Sergio Marxuach del centro para la nueva economia.

Francisco Catalá: La anosognosia en la colonia




http://www.independencia.net/noticias3/jrb_fCatala_anosognosia_colonia29abr10.html


Los economistas y la universidad

http://grupocne.org/cneblog/?p=651

This entry was posted on Wednesday, February 23rd, 2011 at 6:36 am and is filed under Uncategorized. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

Recientemente se han hecho públicas varias propuestas para cambiar el método de financiamiento de la Universidad de Puerto Rico y la manera en que se distribuyen esos fondos entre el sector privado y el sector público, así como entre las diversas áreas del conocimiento. En mi opinión, esas recomendaciones se basan en una aplicación simplista y superficial del análisis económico. Aprovecho esta oportunidad para presentar respetuosamente lo que entiendo son los limites de ese análisis en el contexto universitario.

De entrada hay que cuestionar si es adecuado utilizar la metodología del análisis económico, que valora la educación solo en términos de sus consecuencias, como un medio para lograr otros fines (crecimiento económico, más empleos, mayores ingresos), en vez de considerarla un bien de valor independiente. Esta diferencia puede parecer algo esotérica pero es de una importancia fundamental. La perspectiva filosófica que se escoja va a determinar si el acceso a la educación universitaria se va a decidir usando un estricto análisis de costo/beneficio, o si la educación se va a considerar un bien público, como la seguridad pública, esencial para el bienestar general.

En Puerto Rico decidimos hace mucho tiempo que la educación universitaria, y todos los campos del saber que la componen, tienen un valor inherente e independiente de su “utilidad” social. ¿Qué empresario, o burócrata gubernamental, sea o no economista, está capacitado para determinar que es mas “útil” enseñar biología que estudiar el ensayo sobre la libertad de John Stuart Mill o la teoría de la justicia de John Rawls? Solamente el filisteo más obtuso se atrevería a asignarle un precio a la habilidad para pensar críticamente.

Segundo, los economistas usualmente parten de la premisa que los bienes y servicios se producen en un estado de competencia perfecta. Ese estado se caracteriza por la presencia de una cantidad ilimitada de compradores y vendedores; la ausencia de costos para entrar y salir del mercado; cero costos de transacción; la disponibilidad de información perfecta para todos los participantes en el mercado; y la producción de bienes y servicios homogéneos.

La educación universitaria es uno de esos servicios que claramente no se provee en un mercado de competencia perfecta. La cantidad de compradores y vendedores es limitada; los costos para entrar y salir del mercado, así como los costos de transacción, son altos; los servicios que se proveen no son homogéneos, (¿como se compara el “valor” de un crédito de literatura con un crédito de ingeniería?); y la asimetría de información entre los proveedores y los consumidores es abismal. ¿Es razonable asumir que un muchacho de 17 o 18 años va a analizar críticamente las virtudes y defectos de distintos programas educativos a nivel universitario?

Todo lo anterior nos lleva a concluir que la propuesta para eliminar el financiamiento por formula de la Universidad y sustituirlo por un programa de vales, aunque suene bien en teoría, simplemente no va funcionar. Los programas de educación universitaria no son bienes homogéneos como las bicicletas o los televisores. De hecho la consecuencia mas probable de implantar un programa de vales puede ser lo que los economistas llaman el “race to the bottom”; una competencia para ver quien ofrece mas diplomas y mas títulos académicos con el menor esfuerzo y trabajo posible por parte de los estudiantes.

Tercero, los servicios educativos padecen de lo que los economistas llaman el “mal de Baumol”, nombrado en honor del economista que lo descubrió, William Baumol. La tesis de Baumol es que aumentar la productividad en el sector de servicios personales, como la educación, es imposible o altamente indeseable.


En la categoría de “imposible” piense en el tiempo y la cantidad de músicos que se necesitaban para tocar un cuarteto para cuerdas de Mozart en 1790 en comparación con el 2011 o cuanto tiempo le tomaba a un profesor enseñar la filosofía política de Locke, Hobbes, o Rousseau hace 200 años en comparación con lo que le tarda hoy. En ambos casos no ha aumentado la productividad pero los salarios reales de los músicos y los profesores de filosofía si han aumentado.

En la categoría de “indeseable” piense en la educación de niños de primer grado. En teoría es posible duplicar la productividad de los maestros duplicando el número de alumnos que atienden, digamos de 25 a 50 estudiantes por salón de clase. Muchas personas, sin embargo, no considerarían esto como una mejoría en la productividad de los maestros, sino como un grave deterioro en la calidad de la enseñaza.

Por tanto, si estamos hablando de una actividad, como la educación, donde no hay mucho espacio para lograr aumentos genuinos en la productividad, y si asumimos que el nivel general de salarios reales aumenta constantemente, entonces el costo de proveer esos servicios, en relación a otros bienes y servicios, va aumentar significativamente a través del tiempo.

La implicación del análisis de Baumol es que la demanda por estos servicios personales relativamente costosos se va a reducir en relación a la demanda por otros bienes y servicios. La oferta también se reducirá, ya que el aumento en los costos de proveer estos servicios no guarda relación con la productividad de los proveedores, a menos que el estado intervenga. En términos sencillos, el estado siempre tendrá que intervenir en el área de la educación, a todos sus niveles, si se desea mantener una oferta socialmente adecuada de servicios educativos.

Si lo anterior es correcto, entonces el pueblo de Puerto Rico tiene que decidir si considera la Universidad pública un gasto o una inversión. Si la Universidad se considera un mero gasto, igual al gasto en contratos de relaciones públicas para anunciar los “logros” del gobierno, entonces, en tiempos de crisis fiscal, se podrían justificar recortes masivos al presupuesto de la misma.

Por otro lado, si la Universidad se considera una inversión, ya sea porque tiene un valor intrínsico o porque produce un rendimiento económico a largo plazo, entonces, aun en tiempos de crisis fiscal, resulta imperativo identificar los fondos necesarios para mantenerla en operación, ya sea recortando otros gastos o aumentando los impuestos. Estamos conscientes que esto requiere que las personas en posiciones de liderato en el gobierno tomen decisiones difíciles, pero para eso es que están ahí.

En suma, no existen soluciones mágicas, basadas en la aplicación arbitraria de los principios del fundamentalismo económico neoclásico, para resolver los problemas financieros de la Universidad. Me sospecho, sin embargo, que el verdadero objetivo de los que quieren recortar el tamaño y el alcance de la Universidad no es ahorrar dinero, sino diluir el impacto de la misma en la sociedad puertorriqueña. Lo hacen, en palabras de Mario Vargas Llosa, porque “saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el miedo y el oscurantismo que lo acechan en el mundo real.” Lo hacen, porque saben que la Universidad nos hace más inconformes, inquietos, e insumisos ante un retrógrado proyecto antiliberal.

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Sergio M. Marxuach es director de política pública del Centro para la Nueva Economía

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